"Porque es nuestro existir, porque es nuestro vivir, porque él camina, porque él se mueve, porque él se alegra, porque él ríe, porque él vive: el Alimento"



Códice Florentino, lib,VI, cap.XVII

domingo, setiembre 30, 2007

De ensoñaciones y desengaños

Este artículo no tiene desperdicio, lo tomé del blog de Magda y ella a su vez del envío de un amigo. Échenle un ojo.

Literatura y cosmética

Rafael Gumucio

Es difícil no enamorarse por carta, por correo-e o por Messenger. Nada enamora más que la distancia, que la espera, que la impotencia, la imposibilidad de poseer al otro ahora mismo. El amor se nutre de los aplazamientos; el sexo puede detestar la impotencia, el amor es finalmente siempre una forma de ésta. Amamos lo que no tenemos, porque es nuestra única forma de tenerlo. O de sentir al menos por un segundo que lo tenemos. Amamos a la que se fue, porque a través de las cartas, de los Messenger, de la urgencia siempre aplazada de nuestros sentimientos, podemos mentirnos y pensar que no se ha ido. Amar es en gran parte una forma de salvar las distancias, de negar la muerte -esa distancia final.

Amamos por carta, por correo-e, por Messenger esa distancia, pero también admiramos a un extraño tipo de belleza que se abriga en la escritura. Pocas son las personas que logran ser feas por escrito. Basta que alguien nos escriba con cierta gracia, con cierta sinceridad, evitando los más vistosos lugares comunes, las más atroces pedanterías, para que le encontremos gracia, estilo. Si no conocemos a la persona que nos escribe, nos imaginamos una armonía sutil en su rostro, un cuerpo indestructible, una sonrisa plena que nos hace bien. Estamos acostumbrados a atribuirle al que escribe una cierta belleza estándar -que llamamos normalidad- que no existe fuera de las letras. Es quizás la verdadera razón por la que tantos se dedican a la literatura. Quieren igualar bajo la sintaxis los accidentes de su cutis. Quieren verse bien.

Solemos al leer saltarnos el contexto del que nos habla, la banalidad de una cara, la normalidad de un gesto que por escrito se parece al gesto de Dante. Nos sentimos solos frente a otro ser que, lo quiera o no, se convierte para nosotros en el momento de la lectura en un Dios. Lo sabe cualquier narrador: la belleza de un personaje no necesita ser casi descrita, con dos o tres trazos la imaginamos perfectamente; la fealdad en cambio, o la mediocridad, tiene que sernos descrita con precisión, con cuidado, para que la creamos.

Ante alguien que cuenta, somos los que escuchamos, los que leemos, impotentes y ciegos. Nos guía el narrador, nuestro lazarillo, nos convence -porque dependemos de su voz, porque es nuestro único contacto con el mundo- de que su rostro es perfecto, que su aliento es divino, que sus intenciones son las mejores del mundo. Nos enamoramos tarde o temprano de nuestro salvador, de nuestro amo, de nuestro abusivo guía. Le creemos hasta que otro guía lo desmienta, y nos enseñe hasta qué punto el guía anterior nos engañaba. Sócrates se hizo filósofo para, ante los ojos de sus auditores, transmutar su fealdad en poder, su vulgaridad de ateniense medio en verdad eterna. El ciego Homero contaba historias de Troya porque cuando recitaba parecía ser el único que veía. Los otros, los que lo oían, eran los ciegos.

La vanidad de los escritores no es espiritual o ideológica, es ante todo física. Se escribe para decir algo, o para ser querido -como decía García Márquez-, pero sobre todas las cosas se escribe para ser buenmozo. Los gordos escriben para ser flacos, los flacos para ser sólidos, los feos para acostarse con mucha gente, los buenosmozos para ser, de viejos, cuando sus rostros los abandonen, al menos interesantes. Nada de raro que los problemas y manías de los escritores -y más aún de esta contradictoria categoría de los escritores jóvenes- se parezcan a las modelos de pasarela. La vida sexual de muchos escritores, que sin la literatura permanecería en la rigurosa abstinencia o monogamia, es promiscua y deshilachada. Poseedores de una belleza artificial, de una belleza prestada, intentan una y otra vez probar los límites de su nueva apostura, hasta que ésta se gaste.

Los autores que rechazan sus fotos en las solapas, lo hacen por pura vanidad cosmética. Da lo mismo que en el relato confiesen tener una joroba, o alimentar tres verrugas en la nariz; la fealdad que puede imaginar un lector siempre es infinitamente menos desagradable, siempre más sublime o heroica, que la que el autor esconde en su pieza. No quieren que los lectores al ver la foto en la solapa bajen del pedestal al autor. La fealdad, la monstruosidad por escrito es siempre única, la fealdad -y la belleza- en la vida real es banal, generalmente común, se pierde en la calle, se confunde, fluye sin que la podamos tocar.

La vanidad de la escritura parece más duradera, más profunda, más interesante que la de las quinceañeras, o la de los modelos de Calvin Klein. Es a la postre más monstruosa, más patética, sobre todo cuando no va acompañada de talento. Un talento que sabe que es en el flujo vulgar de rostros que no nos dicen nada, en esa piel llena de errores que llevamos, en esa vulgaridad que escondemos detrás de las palabras, donde está el verdadero sentido de la escritura. El talento que sabe que ese poder, el del que cuenta, es también una dictadura; que esa belleza, la del que nos hipnotiza, es también una de las formas del horror.

El mercurio 16.09.07

jueves, setiembre 27, 2007

Respetando la receta

¿Por qué será que la mayoría de nosotros trabajamos mejor bajo presión? o ¿Por qué esperamos siempre el último día para todo?

El último día para pagar esa cuenta que se vence, el último día para ir a comprar el regalo, el último día para entregar un trabajo, el último día para entregar el cuento a esa convocatoria que cerrará.

Y a aprender a disfrutar esa tensión de saber que la creatividad tiene un límite de tiempo. Así me pasó ayer. Horas después de haber entregado el cuento las manos me temblaban y mi estado ansiedad no tenía límite. Era una especie de euforia caricaturesca. Tal vez en honor al nombre que use de seudónimo. No se los digo porque es secreto, pero imagínenlo nomás.

Pero hay algo, una pequeña parte de mí que no funciona del todo así. ¿Por qué será que cuando se trata de comida esta personalidad indómita que corre como caballo salvaje en desbandada se desplaza en otra dirección?

Me vuelvo una mujer disciplinada, me voy abasteciendo cuidadosamente de lo necesario para preparar una comida especial, con mucha anticipación, teniendo el cuidado suficiente porque que la mayoría de los ingredientes son productos perecederos. Reflexiono sobre la combinación de los alimentos, su presentación, su cocción. Soy otra Carmen.

No entiendo, sólo en ese tenor mi organización trabaja al 100%, me las puedo dar de muy eficiente ¿qué tal?

Pero quisiera ser así al menos en la narrativa. La base, los cimientos, la estructura, el conflicto, el giro, el desenlace del cuento los dejo envueltos en un chilaquil de historia y luego estoy chillando porque no me sale algo digno. La receta de los grandes cuentistas la dejo olvidada en el más oscuro rincón, y quiero desarrollarme empíricamente. Haciendo malabarismos en la barda de púas del vecino. Aquí ni mi agudo olfato, ni mi crítico paladar funciona. “Ah que la chingada, me tengo que ir por el camino pavimentado, encorsetada, de tacones y con traje sastre”

Duele el equilibrio, duele la encorsetada, duelen los manuales, duelen las recetas y lo peor es que no hay otra manera.

lunes, setiembre 24, 2007

El mundo huevo

En el principio este mundo era inexistente.
Se volvió existente.
Se desarrolló.
Se convirtió en un huevo.
Permaneció por el periodo de un año.
Se partió.
Una de las partes se convirtió en plata, otra en oro.
Esa que fue plata es esta tierra.
Esa que fue oro es el cielo.
La que fue la membrana externa son las montañas.
La que fue la membrana interna son las nubes y la niebla.
Donde estaban las venas están los ríos.
Lo que era el fluido interno es el océano.
Lo que nació de este huevo es el sol.
Cuando nació, gritos y alabanzas y todos los seres y todos los deseos brotaron de él.
Por lo tanto a su salida y a cada regreso suyo, gritos y alabanzas y todos los seres y todos los deseos surgen de él.
-Chandogya Upanishad, ca. 800 BCE

miércoles, setiembre 19, 2007

No me sale el cuento, buuuuuuu.

Revisando la red me entero de esta noticia.
Una máquina despachadora de helados evalúa el grado de tristeza que tenga el cliente.
Dr. Whippy es el nombre de esta máquina de helados que fue presentado en una feria de tecnología.

Dr. Whippy hace un análisis a la voz del cliente y a varias de sus respuestas formuladas para saber su grado de tristeza y depresión. En virtud de esto, la máquina terapeuta despachará la cantidad de helado necesaria para combatirla. A mayor grado de tristeza la máquina proporcionará mayor cantidad de helado.

¿Y a cuando me ponga goooooooorda de tanto comer helado quién me va a quitar mi tristeza? ¿Comer para olvidar?, naaa.

¿Por qué mejor no inventan una máquina que me saque de la crisis cuando no me sale un cuento? Eso si es tristeza.

lunes, setiembre 17, 2007

El secreto mejor guardado


-Mira, la flor de un latte perfecto. Nunca te hubieras imaginado que en un mercado de la colonia Del Valle ibas a encontrar un café así.

-Ni en un pinche Starbucks te lo preparan con esta espuma, además que diferencia de precios.

-¿Y te gustó la natilla express?

-¡A que delicia!, lo malo que ya empiezo a ponerme ansiosa, a una loquita como yo el café me acelera tanto como para ir a correr la maratón.

-En este mercado llega mucha gente nada más a comprar su café, vende muy buenas mezclas.

-Pues sí, nunca me hubiera imaginado que lo atendía el dos veces Campeón Nacional de Baristas de México.


Hay que preguntar por sus creaciones, como la natilla express (delideliciosa) , sus capuchinos con dibujo, o su Alegría: expreso, crema y almíbar de hoja santa. Vende buenas mezclas de café de grano y este mes de septiembre, los días 22 y 23 tiene preparado un curso intensivo para hacerte un experto en preparar café.

Café Passmar atendido por Salvador Benítez
Abierto de lunes a sábado, cierran a las 7 p.m.
Mercado Lázaro Cárdenas
Adolfo Prieto s/n local 237 entre Romero de Terreros y Av. México Coyoacán
Col. Del Valle
5669 1994

jueves, setiembre 13, 2007

Auto balconeo

¿Han visto esos mares adentro de las botellas? Esos minúsculos universos nostálgicos apresados en el cristal. Siempre me han parecido llenos de un encanto ensoñador.




Lo que traigo a cuento comienza por aquí, sucede que de repente me gusta comprar distintos tipos de chocolates y hacer comparaciones de su calidad, en este mes patrio les tocó a los chocolates con tequila. Compré unos de la marca Turín con Tequila José Cuervo Especial. El chocolate es semi-amargo y esto se agradece porque el relleno de jarabe de tequila es bastante dulce y pega con tubo, aguantan. A estos les puedo dar un ocho en calificación en cuanto a la calidad del chocolate y consistencia del relleno, que no es demasiado espeso y se agradece ese color transparente que podría ser lógico en un chocolate con tequila.


También compre chocolates amargos de La Suiza con Tequila Corralejo, ese de la botellota de vidrio soplado color azul niveína.
Cuando quise sacarlos me llevé una sorpresa, no salían por el cuello de la botella los méndigos chocolates.

-Y ora? ¿Qué hago? ¿Cómo los metieron ahí? Es demasiado estrecha la salida para sacarlos.

Así me la pasé como cinco minutos sacude y sacude los cochinos chocolates, apenas logré aproximar uno en el cuello de la botella y ahí se quedo, atorado sin poder salir.



Como soy una loca atrabancada lo primero que pensé fue romper la hermosa botella. Pero me negué y seguí sacudiendo la botella con el chocolate atorado.

–¿Pues como carajos los metieron?

Fue cuando me acordé de esos barcos hechos por hábiles artesanos que se pasaban horas modelando y construyendo su diminuto velero. De algún modo tenían que haber metido estos chocolates.



Hasta que por fin se me ocurrió levantar el papel opaco que cubría el fondo de la botella y me encontré con esto:

Me dió mucho coraje y a la vez pena mi tontería. Llegue a pensar por un momento que a lo mejor había que sacarlos por abajo, pero un romantisismo idiota me impulsaba a pensar que no, que un hoyo en el fondo de la botella le daría al traste a la misma. A punto estuve de estrellar la botella contra la pared como cuando bautizan un barco.

Pasando a los chocolates, he de decir que me quedo con los primeros, la calidad del chocolate de La Suiza no es tan buena y su relleno es muy espeso y más dulce, además de tener un desagradable color verde. Sólo la espectacular botella es el mayor mérito de estos chocolates y si se los regalan a otros mensos como yo, pues hasta una aventura igual podrán vivir algun día.

No se rían, ¿a poco a ustedes no les pasan pendejadas?

lunes, setiembre 10, 2007

Carnita orgánica

Nunca la vacunaron de pequeña, ni siquiera la vacuna de la polio, eran los años 50´s y por todo el país había epidemia de poliomielitis ¿Qué lo causaba? Su madre se respondía la incógnita así misma: La misma vacuna que les andan poniendo. Ese fue el pretexto por lo que evitaron cualquier inoculación indeseable.
Tuvo alergia al polvo común y al polvo de madera cuando adolescente. ¿Vacuna para la gripe o contra la alergia? Ni pensarlo siquiera.
Creció sana y fuerte, como esos frutos que se desarrollan sin cultivo, salvaje y primitiva. Si por alguna razón llegaba a tener algún dolor, alguna infección, todo era tratado con medicina homeopática. Se podría decir que su carne era pura, sencilla, 100% orgánica, lista para salir a la venta en cualquier tiendita de esas que están en las esquinas verdes, o en la sección de los supermercados popis. Su cabello era brillante, su piel elástica, suavecita, invitaba a degustarla a la primer mordida.
Pero esta vida es perfectamente estúpida, justo cuando estaba para ser probada por los más exigentes paladares; le cayó el chahuistle que ya venía asomándose en generaciones posteriores. Recibió el peor de los pesticidas, doce sesiones de quimioterapia y otras roñas por un tiempo. Imposible vender esa carne contaminada con metales pesados, tanto cuidado, tanta salud tirada a la calle. La última alternativa era ofertarla burlando los controles alimentarios existentes. ¿En este país, cuándo? No sería la primera vez que se ofrezcan unos muslos bien gorditos como carnita para tacos al pastor.




más carnita aquí y aquí y acá que está bien terrorífica

miércoles, setiembre 05, 2007

Un cuento chilango

Los oigo pasar, su sonido llena de melancolía estas noches frías y húmedas. Sin embargo cuando salgo a buscarlos se han ido calles adelante y mis pies no logran darle alcance, escapan de mí.

Regreso a casa, a otros vecinos que como yo han salido a la calle y sin lograr tampoco su objetivo. Me dicen: ¿Para que nos llaman si luego luego se van?, nada más nos alborotan el hambre.

Tenía que hacer algo, así que la otra noche los esperé ansiosa y de antojo, con mi bicicleta lista para lograr darles alcance. A las once de la noche en punto los oí, salí atrás de ellos, sin embargo por más que pedaleaba no lograba acercarme a menos de 200 metros, dieron vuelta en sentido contrario y un automovilista me insultó por entrar a circular así en esa avenida. Finalmente con la distracción perdí su rastro.

Me puse de acuerdo con un amigo y días después esperamos que dieran las once de la noche en la calle, curiosamente esa vez no pasó por ahí, sino en la otra esquina de atrás, tratamos de darle alcance, pero ya no lo oímos, ni lo vimos, desapareció en la oscuridad.

Al día siguiente, éramos seis vecinos apostados en las esquinas formando un radio alrededor de varias cuadras, el primero que lo oyera o viera llamaría a su compañero más cercano y así de uno en uno, nos comunicaríamos para perseguir a nuestro escurridizo objetivo.
De pronto, dando la vuelta lo vi aparecer, era un hombre de rostro oscuro apenas si se veía, sólo resplandecían dos focos del triciclo, dio vuelta en el carril en contra sentido de un eje vial, no quise perder ni un minuto llamando a los vecinos y lo seguí con rabia y decisión. Puso el sonido: Tamales oaxaqueños, tamales calientitos, pruebe sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. Por más que había preguntado nadie nadie había comprado o probado esos tamales. ¿ A quién se los vendían si desaparecían al menor intento por buscarlos? ¿A dónde se iban, dejándonos con el antojo de tamal?

domingo, setiembre 02, 2007

La escondida respuesta o el color de dios


¿De qué color es la espalda del dios que camina

por las veredas pegajosas del mercado?

¿En la nuca del dios hay

un tiempo distinto de los años que en su rostro

sin arrugas contemplamos?

No respondas ninguna pregunta

que no lleve angustia a los huesos endurecidos de tu frente.

No

contestes a las respiraciones con que el aire corroe sin prisa

los ladrillos las maderas los metales las cortinas

de tu casa en el hoy de este ayer.

Pregunta solamente con la voz de un loco

que entierra su lengua en los sombríos sonidos

de su silencio solitario.

Vuelve a preguntar por el cotidiano verbo

de todos los habitantes de esta ciudad

maldecida por el polvo.

Repite tus sílabas cuenta las letras las frases

los recursos del idioma que cambia contigo

al transformarte.

Y entrega ofrece abandona así

Las rasgadas razones que tu dolido paladar jamás podrá

explicarle a ninguno ni a nadie.

¿Cuántas dimensiones tiene

el dios que transita por las cobijas del burdel

o los escupidos escalones del estadio

o los pisoteados coágulos de las carnicerías?

¿Cuanta luz

contienen las sórdidas señales que el dios utiliza

para abrir los caminos como lenguas de inusual dragón

o de quieta serpiente?

Tampoco respondas cuando sean tus encías

esclavas pasajeras de la verdad:

cuando la ácida memoria de un objeto similar

a un corazón contamine las indefensas gestiones

de tu boca.

No quieras responder: destruye ese deseo

desesperado de bicho soledoso que te lleva a descubrir

a eructar a masticar a regurgitar a oscurecer las palabras

que son nada más que fantasmas del dios.

Retírate de tu respuesta

como un vientre que no quiere

contigo unificarse:

apártate de la fuerza del fuego

que se nutre de las babas y las basuras

y las banalidades de esas de esas criaturas extranjeras

que todavía no saben ni defecar ni respirar

ni construirse

como los altos animales que son partículas

de las iluminaciones del dios en otros mundos.

¿A qué

huele la entrepierna del dios?

¿Huele a hembra desvelada

y actuante? ¿a macho calcinado y hacedor?

Aléjate de toda

respuesta: que la pulsión del sueño se descomponga

en tu frente. Que la arena salobre penetre en tus ojos

y la gastada espuma del amor

ciegue tu boca:

Así callaras como ahora

entre invisibles papeles

indecibles pausas

invencibles palabras.





Saúl Ibargoyen
poeta uruguayo-mexicano
de Poeta Semi-Automático
Universidad de Guanajuato

sábado, setiembre 01, 2007

Comida de cumpleaños

¿Qué por que ya no recomiendo restaurantes? Porque me da flojera hacer las reseñas y que no me las paguen, bah, a menos que realmente sea un buen lugar para recomendar, tal es el caso.

Gonzalo andaba muy aguado en su cumple, no quiso irse con sus cuates, ni que yo cocinara, ni recibir amigos, ni tener que ir por las chelas y ser buen anfitrión en su cumple. Quiso pasarlo sólo con las hijas y yo. Como él andaba con antojo de un buen bacalao sin ser navidad, ni semana santa, se me ocurrió que fuéramos a Casa Portuguesa. Y vaya que había variedad de formas y presentaciones, desde lomos sellados a las brazas o acompañados con jamón serrano, hasta bacalaos desmenuzados a las natas, con salsa de tomate, con arroz, con papa. Cada quién escogió su platillo fuerte y mientras empezamos a entrar en calor con unos deliciosos petiscos: Mejillones a la portuguesa salteados en vino blanco olivo y con pimientos, lulas fritos (calamares), bolinhos de bacalao.

Casa Portuguesa tiene una amplia carta para todos los gustos, hay también varios platillos con pato, conejo, carne de res, arroz con mariscos, pollo y hasta cabrito marinado y horneado. El lugar es muy agradable, con sus muros simulando sus típicos azulejos y una preciosa vajilla (tenía que ser) dan un ambiente acogedor, desafortunadamente estaba lleno, todo el ruido hacia difícil escuchar los fados que ponían para ambientar el lugar, mis ojos descubrieron en una pared este fragmento del famosísimo fado que canta Amalia Rodrigues: Tudo isto é Fado.

Tudo isto existe
Tudo isto é triste
Tudo isto é Fado


El servicio es bueno, siempre y cuando no toque un mesero novato tratando de contestarme mis preguntas, afortunadamente fue rápidamente asistido por otro con más experiencia. Eso de que atiendan meseros que no sean capaces de saber detalles sobre los platillos que ofrecen es de pena ajena.

Brindamos con un vino Pisa a Pé, producido según la tradición pisado a pie en lagar típico de piedra, de las castas tradicionales portuguesas Trincadeira y Castelão. Este vinito literalmente hecho con las patas, no por eso menos rico nos acompañó muy bien toda la tarde, que poco a poco se volvió tranquila cuando muchos comensales se fueron yendo, dando oportunidad para disfrutar de la música y llenarse de saudade.

Almas vencidas
Noites perdidas
Sombras bizarras
Na Mouraria
Canta um rufia
Choran guitarras
Amor, ciúme
Cinzas e lume
Dor e pecado
Tudo isto existe
Tudo isto é triste
Tudo isto é Fado

Casa Portuguesa
Emilio Castelar 111 –A
Polanco
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