
El libro hablaba de los cuidados que había que tener durante el embarazo y durante toda la lactancia. Tambíen hablaba de lo importante que era la solidaridad para pertenecer en la liga de la leche. Qué no es un sindicato ni tienes que andar vestida de lechera, es tener un poco de conciencia y generosidad para compartir lo que en ese momento a ti te sobra y posiblemente a otro ser humano le haga falta. Amé ese libro y sus consejos, las fórmulas las aventé a la basura y comencé a darle de comer a mi hija en todo momento que lo demandara, mandando al diablo las recomendaciones que daba el pediatra. El resultado fue que el estímulo hizo que aumentara la cantidad de leche, y la chamaquita quedara satisfecha ahora sí por cuatro horas. No era necesario nada de atoles, ni polvos de la madre Matiana para incrementar la leche.
Ya lo dice el género animal al que pertenecemos, somos mamíferos, y ese es el mejor alimento, ni quien lo ponga en duda. Gracias a esa generosidad por compartir la leche, mi sobrina sobrevivió al nacer ochomesina. Mi amiga que traía a su bebé anoche me contaba que compartía su leche con sus sobrinos y luego les dejaba sus bolsitas de lechita en el congelador para cuando ya no estuviera. Eso si es cariño fraterno, no mamaditas.
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