"Porque es nuestro existir, porque es nuestro vivir, porque él camina, porque él se mueve, porque él se alegra, porque él ríe, porque él vive:el Alimento"
Desde hace varios años le estoy coqueteando a otro domicilio, otra colonia, otro estado, otra ciudad. Pero no sé, ese coqueteo a veces se queda estancado por la comodidad y porque no me gusta mover los muebles de lugar, de sólo pensarlo me mareo. Dice Gonzalo que mientras más tiempo pasa uno viviendo en la misma casa más basura y mugres acumula. Tal vez sea ya tiempo del cambio que se ha venido postergando. Por eso tal vez lo escribo para que vaya mi cuerpo y mi entendimiento asimilándolo.
Entre esos flirteos esporádicos que tengo con algunas casas me he llevado bastantes sorpresas…soy una mujer hecha a la antigua y algunas modernidades no van conmigo.
¿Cómo está eso de que las casas de ahora tiene uno que entrar por la cocina? Según un tipo que me mostró una casa su-per-mo-der-naaaa dijo que en Europa es lo que se acostumbra. ¿A poco? ¿Y si tengo flojera de lavar los trastes?, ¿van a ver todo cochino mi lavaplatos? Si hice mis Roscas de Reyes y las dejé sobre la mesa para que reposen y leuden ¿qué va a pasar cuando abran la puerta y el aire frío las aplaste? ¿O se meta algún desconocido tentón y me las ponche?
Yo no sé si mis 3 amigas arquitectas y blogueras que me visitan puedan decirme que eso es verdad y que ahora el recibidor será la cocina. O será que esos departamentos se construyen para personas que no tienen el más leve deseo por cocinar. Yo prefiero que el olor de un pan en el horno o de algún guiso delicioso reciba a mis visitantes desde la puerta y no que vean el caos que tengo en mi cocina como principal bienvenida. La pulcritud y el orden mientras trabajo no se me da, ni modo que sea Paulino Cruz.
Es más, esas personas que saben del Feng-Shui y todas esas cosas sobre el alma de una casa creo que eso no está para nada permitido.
Tenía el cabello crespo y la piel muy oscura. Su mirada era penetrante. Llevaba una charola redonda de metal y alrededor había apilado sus empanadas, las tapó con una servilleta bordada, ella les llamaba empanadillas de pescado. Estaban hechas con masa de maíz, rociadas con queso rallado y una salsa roja de chile. Me entregó una servilleta y yo misma tomé la que me iba a comer. La devoré con rapidez como es mi costumbre, estaba deliciosa y tenía hambre. Le pedí otra empanadilla y los demás también tomaron una. Se acercó al grupo otra vendedora, una muchacha mucho más alegre con grandes senos que se apretujaban bajo su blusa. Ella ofrecía plátanos fritos que rociaba con leche condensada, dos rebanadas de plátano a diez pesos el plato. Las empanadillas costaban cinco pesos, ¡vaya que hasta en el precio eran un deleite! Eran con masa de maíz blanco, inmaculado; luego venía esa salsa de chile costeño con ligero toque a ajo y orégano que conjugaba todos los sabores en armonía. Las empanadas estaban todavía calientes, seguro las terminó de hacer y corrió a venderlas.
Sin embargo algo había en esa mujer, sus pupilas saltonas mostraban recelo, como un animal precavido y huraño que se mueve lentamente. Esta conducta no correspondía a alguien que vendía algo tan delicado.
Pasaron varios minutos y seguimos parados alrededor de estas mujeres que nos alimentaban. Unos pidieron plátanos y otros seguíamos comiendo empanadillas. Al final hicimos la cuenta con ambas de lo que comimos. Fue ahí cuando la muchacha de los ojos saltones dio paso a una actitud de buscar protección pero a la vez de rivalidad hacia la compañera que vendía plátanos. La chica de las empanadas no sabía cuanto tenía que cobrar por siete empanadas, la de los plátanos le dijo: son treinta y cinco pesos y de lo mío son cincuenta pesos. No sé porque llegó a mi mente con esa postura de la vendedora todo el trabajo que implicaba hacer esas empanadillas: poner a cocer el maíz, llevarlo a moler, hacer el relleno de pescado, la salsa, rallar el queso, moldear las empanadas, freírlas y luego salir a venderlas. Mientras la otra chica sólo peló los plátanos, los rebanó y los frió sobre el aceite. Había una diferencia en el precio y en el trabajo. Nosotros también afirmamos con ella la cantidad consumida y el costo para que bajara un poco el recelo que manifestaba, pero esta chica tampoco sabía dar cambio de un billete de cien pesos. En ese momento el desamparo de la muchacha fue mayor. Entregó todo el dinero que traía a la vendedora de plátanos para que ella decidiera que hacer y cómo dar el cambio. Ignoro si la chica recibió su dinero correspondiente, sólo vi que ambas discutían. Nos alejamos de ahí y yo me quedé con una sensación muy triste. Esa muchacha hacía garnachas de pescado más ricas que he probado, sin embargo para sobrevivir en este mundo eso no era suficiente.
Dicen que hay un alto índice de personas que en las fiestas de fin de año adquieren una adicción. Yo desde hace cinco días vengo padeciendo algo que podría llamarse una dependencia. Sucede que al caer la tarde, cuando la temperatura baja me doy cuenta que mi cuerpo se encuentra atrapado en una necesidad por satisfacer un antojo especial. Me pide nada más y nada menos que una tlayuda. Oh sí, ese tostadón enorme que untan de grasita y frijoles, encima tasajo y quesillo.
Las vacaciones en Oaxaca fueron las causantes de que yo genere y degenere en una TLAYUDADICTA.
Todo empezó el 24 de diciembre comiendo en el mercado mi taco placero que es tradición en este lugar. El mecanismo para que uno coma es de lo más correcto y elaborado. Igual que en el mercado de Toluca. Uno llega pide su tasajo o sus chorizos que se va a comer con el marchante de la carne, ellos mismos lo cocen a las brazas, con otros vendedores se piden las tortillas enooormes que se comen acá, luego más allá alguien te ofrece donde sentarte y que beber, por ahí te acercan las cebollas de cambray, rabanitos, aguacate, limónes y nopales para que acompañen la carne. Una maquila gastronómica perfectamente bien coordinada para que al final uno termine sintiéndose completamente satisfecho y feliz por venir a comer al mercado.
Pero esta vez no hubo tiempo suficiente para hacer los honores a los siete moles oaxaqueños, nos tuvimos que ir a la costa. Así como los pachuqueños comen una o dos veces a la semana pastes, igualito les sucede a los oaxaqueños, lo más recurrente y fácil de encontrar para alimentarse: pues una tlayuda. Y ahí empezó todo en Puerto Escondido:
primero la tlayuda del sábado
la del lunes
la del martes
Hubiera podido ilustrar la del jueves pero ese día como era fin de año no vendían casi nada y como estabamos en la playa, ésta de abajo fue nuestra cena de fin de año: unos tacos de bistec comprados con un taquero en la única calle de Zicatela. Que casi casi era un taquero oaxaqueño al borde de un ataque de nervios, su capacidad para atender a tanto chilango hambriento lo rebasó, ni aguanta nada, pobre.
Cuando yo veo esas cosas me da harta pena, aquí en la ciudad uno va con su taquero favorito y pide fácilmente su hora de tacos, en donde te despachan de a 18 o 25 tacos en 10 minútos. Por eso allá luego llegan los chilangos, (yo no, aunque no lo crean soy bien prudente y educada en casos así, no ando haciendo panchos e irigotes como acostumbran los demás, lo hago sí, pero acá en mi tierra) y quieren que los atiendan a la voz de ¡ya!, exigiendo lo imposible. Yo me quedé fácilmente como media hora esperando mis 10 taquitos muy tranquila hasta que el buen hombre pudiera sacarlos y así nos dió la medianoche, él sudando la gota gorda y secándose con el delantal aprovechó: qué mengache pá acá señito, un abrazo de año nuevo, felicidades, por fin, ahí están sus taquitos. Llegué con mis tacos hasta la playa donde me estaban esperando, con una lámpara improvisada hecha con una veladora adentro de una bolsa de papel con arena y así recibimos el año nuevo. Los tacos estuvieron re feos, mientras más mascaba esa carne dura, más ganas tenía de una tlayuda. Pero mañana me cansó que me como una, pensé. Aunque sea la última de este recorrido. Pero no hubo tlayuda, ni nada, fin de la vacación.
Ahora aquí, a estas horas de la noche, en esta soledad de mis palabras, yo necesito con urgencia, sí, una dosis intravenosa de ¡TLAYUDAAAAAS!
Diciembre me gustó pa´que no exista. Enero para temblar sobre el futuro.
Nunca he hecho propósitos de buenas intenciones para el año nuevo. Nunca he hecho una dieta. Con el propio domador que llevo dentro de mí es suficiente para seguir órdenes o tener aspiraciones. Tengo un purgatorio interior con reminiscencias del Santo Oficio, así qué...nunca lo hago. Sin embargo hay dos palabras que si las junto me ponen a temblar cuando se trata de hablar de planes a futuro, mi respiración cambia, me sudan las manos y comienza una terrible ansiedad sobre mi pecho. Mi amigo Enrique Escalona y mi amiga Nicole saben bien de lo que hablo. PROYECTO LITERARIO, esas son las palabras que se me atraviesan en la garganta cual camote seco relleno de pinole. ¿Cuál es tú proyecto literario? Ayy Dios, ¿así en enero? Esteeeeeeee, pueeeees, ¿ahoritaaaaaa, yaaa? Pero si muchos proyectos literarios no son para realizarse en un año.
Me quejo mucho de mí misma, y eso es de lo peor; la mayoría de la gente que conozco se la pasa echándose porras, bravos y vivas sobre lo chingones que son y sobre sus logros alcanzados. Yo, la verdad es que necesito rodearme de amigos que me hagan enfrentarme y me mire con menos severidad para que pueda reconocer mis logros. No sé si eso ayude de mucho pero al menos es un pequeño termómetro que me orienta e impulsa a seguir en la brega.
Claro que al momento de tener delante de mí la pantalla de Word limpia, acabada de prender me falta una buena cantidad de lubricante intelectual que permita salir el torrente de ideas que (carajo) me viene en oleadas frenéticas cuando estoy tratando de dormir. Pinche trabajo creativo, pinche duro y dale que dale para exprimir mis dos neuronas sifilíticas.
Más bien enero es un mes de culpas.
Sí, claro, no me digan que no, y que evaden esa palabra porque tiene una carga muuuuy negativa. ¿Entonces por qué tanta importancia en hacer propósitos de año nuevo? La culpa es lo mismo y tiene el mismo fin: Revisar los pasos sobre lo andado y de ahí redireccionar un poco la vida (si es que aun tiene remedio, ja, ilusa). Ah, sí, las fiestas alientan el espíritu retozón y goloso. Por ejemplo mi vientre en estas vacaciones se ha relajado y la cintura ha crecido a manera de llanta de motocicleta, me desparramo cual fuente de carne por arriba de la pretina de mi falda o pantalón. Asumo las consecuencias de mis actos ominosos y etílicos. Les doy importancia, conste, pero no me digan que haga dieta. El maratón Lupe-Reyes no ha terminado aun y por lo pronto a hornear roscas de reyes. Los que compraron mi recetario no sean flojos y preparen alguna. Díganme que les quedó deliciosa, que son unos expertos panaderos. Mientras, entreno con mi propia sombra un combate sobre algún proyecto literario.
acabaditas de sacar de mi horno, hace unas horas, aunque medio doradas por estar hablando con Rocío
domingo, diciembre 21, 2008
Sean felices, coman rico, escriban más, cocinen con todos los sentidos y regalen afecto.
Hace unos días estuve en Tlaxcala, conocía otros lugares de ese estado como Santa Ana, Huamantla, Apizaco,El Carmen, Calpulalpan, pero en la capital no. Y que desperdicio porque es bien interesante pasear por Tlaxcala. Tiene un Palacio de Gobierno con unos hermosísimos murales en donde cuentan la historia de Tlaxcala.
Tlaxcala es famosa porque gracias a su ayuda Hernán Cortés subyugó a los mexicas. La etimología del nombre de Tlaxcala está hasta en sus murales. Tlaxcalli: tortilla de maíz o pan. "Grandes cultivadores de maíz dieron a su patria el nombre de Tlaxcallan que es tanto como decir tierra de los tlaxcallis"
Cuenta la historia que había un bloqueo de los mexicas sobre los tlaxcaltecas, ¿cuál podría ser ese bloqueo que los tendría hartos de ellos y de los tributos que tenían que pagarles como para unirse con los gachupines? Ah, pues entre las muchas afrentas que sufrían eran no darles sal. Imagínense, la capital de los tlaxcallis y sin sal, claro provocaron su hartazgo.¿Qué tal esta personificación de Quetzalcóatl? Nunca había visto algo igual. El famoso Dios barbado.
Claro además de ser lugar de tortillas y maíz, Tlaxcala formó parte de la región pulquera del altiplano, y tuvo gran auge gracias a la aparición del ferrocarril en el siglo XIX.
Sí, a esta cocinera le gusta el pulque, y si es natural mejor, tomarlo en Tlaxcala es lugar obligado. Y así preguntando y preguntando llegué a este lugar en el mero centro de la ciudad.
"La Tía Yola" es una pulquería atendida los fines de semana por Gabriel Ramos. También cuenta con un bazar y una cafetería. El lugar es muy agradable, se puede tomar el pulque en la calle, bajo un resplandeciente sol invernal o refugiarse adentro. Ese día no había pulque natural, sólo dos curados: piñon y guanábana.
Cada bebida tiene su propio recipiente para beber. Se busca la estética conjugada con el sabor. El pulque no podía ser menos. "Chivo", "catrina", "cacariza", "camión", "tripa", "viola", "maceta", "tornillo". Todos en vidrio verde moldeado, cada nombre que reciben es de acuerdo a la forma y capacidad del vaso, cada uno especial para beber el: "octli", "tlachique", "tlachicotón", "neutle", "caldo de oso", "pulmex", "babadray", "cara blanca", "pulmón", "elixir de los dioses", "siete hebras", ¡puff!, es tan amplia la manera de nombrar al pulque en el caló popular.
En esta pulquería rescatan algunos de esos vasos para que sea más grato beberlo. Ahi compré un "chivo" para la colección de vasos y jarras pulqueras que acumulo.
A pesar de que la industria pulquera está en decadencia por inmumerables razones, hay gente que continúa apostando por su consumo, como esta pulquería en Tlaxcala y varias empresas en el estado que hacen pulque destilado y pulque enlatado. Por lo pronto aproveché para llevarme varias latas y utilizarlas para guisar. El sabor que le imprime el pulque a los alimentos es sumamente grato y único. Claro que fresco es lo mejor, pero si no hay manera de conseguirlo pues unas latas ayudan, aunque el sabor no será tan profundo.
Mientras tanto, aquí hay que cuidarse en estas fechas decembrinas con el alcoholímetro. Puros festejos, caray. A partir de hoy va a estar las 24 horas en vigencia, así que busquen a su conductor designado.
Hay nombres de platillos de comida que cuando uno los menciona nos provocan una emoción y una necesidad antojadiza por comerlos lo más pronto posible. Sobre todo si nuestros recuerdos rodean ese producto de una atmósfera de sublimación. Son de esos alimentos que guardamos en el baúl entrañable del afecto, del sabor.
Eso me pasa con unas galletas muy sencillas, con ingredientes y colores tan mexicanos que muestran su delicadeza al sólo sacarlas de su envoltura. Además porque tienen un gran arraigo de pertenencia en el lugar donde las venden. Me refiero a las gorditas de la Villa de Guadalupe. Unas pequeñas tortitas de harina de maíz cacahuazintle y azúcar, que se cocen en un minúsculo comal sobre carbón y luego las envuelven en papel de china de colores llamativos.
Cuando uno dice: ¡Vamos a la Villa!, ya sabemos que además de ver a la virgen, toda nuestra mexicanidad la tendremos presente en ese lugar, porque la Guadalupana trasciende más allá de lo religioso. Sabemos también que es Tonantzin, la madre de los mexicanos. Pero además de visitarla uno puede darse el tiempo de comprar un paquete de estas gorditas en los puestos callejeros cercanos.
En el texto del Nican Mopohua, el más antiguo que se registra sobre las apariciones de la virgen de Guadalupe, dice algo así como: “Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre” esa frase está escrita debajo de la imagen de la virgen. (Según mi mamá, que luego le hace a lo nahuatlata lo que realmente dice el Nican Mopohua es: “Acaso no estoy yo aquí que tengo el honor de ser tu madre”) Bueno pues esas palabras de consuelo que según le dice la virgen a Juan Diego las tengo presentes en ese olor dulce del maíz de las gorditas cocinándose y con toda la sutileza de su consistencia deshaciéndose en mi boca. Es como un abrigo cálido y amoroso que me envuelve, igual a un cariño auténtico.
Actualmente afuera de muchas iglesias se encuentran a la venta estas gorditas, resulta imposible que pasen desapercibidas con ese olor y los colores de su envoltura, es una fortuna que se les encuentre en más lugares de venta, pero todos sabemos que no podría haber un alimento más nacional que represente a la virgen del cerro del Tepeyac.
Hay escenas cinematográficas que impactan y permanecen como calcomanía adherida en mi escurridiza memoria, por ejemplo aquella de la película Old Boy o como le pusieron en México: Cinco días para vengarse, cuyo protagonista, después de estar secuestrado quince años, recobra su libertad y lo primero que hace es entrar a un restaurante y pedir: quiero algo vivo. Eso vivo, con prana como dirían los sanscritistas no es algo vegetal que acaban de arrancar de la tierra, no señores, es en verdad comer algo vivo, que se mueva por dentro, que se vuelva escurridizo y difícil de llevarlo a la boca. ¿Y qué le llevan? Un pulpo. En la película se ve cómo se embarran sus ventosas y
retuerce su cabeza sobre el rostro del comensal. Éste lo mastica sin piedad; sus patas largas,
viscosas y repulsivas las aspira, hasta que, finalmente, devora por completo al
molusco. La verdad es que no es fácil asimilar las costumbres que son naturales en otro país, (¿recuerdan la carne de perro de allá abajo?) Si no son aprehensivos y quieren ver como lo consumen en Corea píquenle aquí y verán la divertida manera para lograr introducir unos pequeños pulpitos en la boca.
El pulpo siempre me ha parecido un animal mágico, es un cefalópodo, el más avanzado de los moluscos, con los pies en la cabeza, tienen tres corazones y traen integrado un sifón como si fuera una fuerte turbina con la que se impulsa a gran velocidad.
En torno a ellos hay una leyenda negra y como toda leyenda es puro cuento. Tan sólo decir “pulpo” para muchas personas parece que les estoy mencionando a un monstruo. Como si fueran animales escalofriantes salidos del fondo del mar.
En los recuerdos me veo a mí
misma, una niña solitaria, entreteniendo el ocio con un aparato en desuso actualmente:
un View-Master; un dispositivo para
observar imágenes estereoscópicas con un disco de fotografías de la película
animada Veinte mil leguas de viaje submarino. Impresionada, miro ahí, en
tercera dimensión, a un gigantesco pulpo que abraza ferozmente con sus tres
tentáculos el submarino del capitán Nemo y mientras, con los otro cinco, somete
a su tripulación. Hasta que la historia concluye más adelante, en otro disco: los
demás marineros han derrotado al pulpo cortándolo en pedacitos con un hacha
ensangrentada, listo para consumirlo rociado de aceite de oliva a la gallega. Viéndolo bien, me impresionan las historias de pulpos: mi disco de View Master favorito, la película de Old Boy que es estupenda y por supuesto la gorda de Úrsula, la bruja de la película La Sirenita que también es otro pulpo inolvidable. La verdad es que los pulpos son unos bellos animales tímidos y solitarios.
Creo que otra de las causas por la que la gente le atribuye repulsión al pulpo es porque no saben como guisarlo y les queda duro. Más bien creo que su carne es un tanto difícil. Lo que yo no he conseguido ni siguiendo los consejos de la hábil y sabia Lechuza es evitar que se me pele al cocerlo en agua. En el Mc Gee dice que se deben cocinar o bien breve y escasamente para evitar que las fibras musculares se endurezcan, o bien durante mucho tiempo para disolver el colágeno. A mí me queda con consistencia sedosa, pero siempre se desprende su piel. Por eso me gusta mejor cortarlo en crudo y hacerlo en su tinta.
Ahh, pero mucho cuidado al sacarle su tinta, he sabido de verdaderas historias negras sobre el pulpo. Mucha gente confunde la bolsa de suciedad con su tinta y lo peor es que la tinta está envuelta en ella. Lo mejor para evitar que se reviente la tinta, es quitar lo más que se pueda la suciedad y luego dejar la piedrita con la tinta en el congelador, luego se saca bien congelada y se puede quitar y cortar con facilidad cualquier rastro de mucosas indeseables. Sí, guácale.
¿Mi receta de pulpo en su tinta? Claro que sí, pero no tengo fotos porque me lo comí todo. Sólo le saqué fotos estando crudo. Además los pulpos en su tinta en un plato no son nada fotogénicos, a menos que tuviera la habilidad de ser un buen fotógrafo como el que conocí esta semana.
Un kilo de pulpo se pica en crudo, 1/2 k. de jitomate, 1/2 k. de cebolla, 4 dientes de ajo, perejil picado y yerbabuena, se pone todo en una cacerola con 1/4 de taza de aceite de oliva. Se agrega 8 pimientas, 1 clavo, sal al gusto, 1 rajita de canela, un poco de tomillo, 3 hojas de laurel y 20 almendras picadas y peladas. Cuando estén blanditos se puede agregar aceitunas, alcaparras y un vaso de vino en donde se disolvió previamente la tinta. El resto del vino se lo toman y verán que las leyendas negras en torno al pulpo sólo pueden ser deliciosas. Salud.
Lo siento, no esperen mucho de mí en esta época, poco entusiasmo por escribir. Cada invierno envejezco como cinco años, me canso demasiado, el frío me retrae y reduce. Veo pasar las promesas que no cumplí, los amores que no llené y los cuentos que no escribí. Como menos verduras crudas, no se me antojan los cuatro o cinco litros de agua que tomo normalmente y estoy cansada todo el tiempo.
Eso sí, como grasa, invierno es un buen mes para comer pato, mariscos, además es temporada de berenjenas, de zapote negro y tengo dijon dijon que me trajeron de Haiti. No encuentro el cable de mi cámara y no subí las fotos, prometo dedicar un post a puros alimentos negros.
Escribiendo esto me entero (para estar con el tono oscuro) que se murió el inquisidor de Carlos Abascal, el que gracias a su prohibición por la lectura de Aura en el colegio de su hija volvió en un best seller la obra de Carlos Fuentes. Posiblemente con esto que voy a decir me dejen de hablar o de leer varios, pero ni modo tengo que confesar que ese hombre me incitaba a pecar, me parecía atractivo, verlo en las fotos ahi, muy piadoso rezando, ¡qué horror!, pero si su figura y rostro eran de un fauno seductor, con una cara de diablo retorcido que no podía ocultar.
Aunque más bien creo que el retorcido es mi gusto.
Que todo va bien, que tengo un empleo bien valorado. Que mis escritos son abundantes y los cuentos que tramo bajo la almohada son maravillosos. No conozco la ansiedad, vivo inocente y no me derrumbo. Puedo volver sobre mis pasos y empezar como si fuera la primera vez. Viajo en el metro rodeada de ancianos, todos ágiles y millonarios, y no logro llamar su atención cuando dibujo en una libreta. La gente camina con una sonrisa en la boca y yo los imito. Mis hormonas llevan una relación de lealtad conmigo. Escupo para arriba y los ángeles me protegen. Los descabezados en este país son sólo animales para tacos. La comida de los restaurantes y las personas de todos los días me asombran con sus novedades. Los Oxxos se extinguen junto con su mala cerveza. Mi computadora no ha muerto, sólo está un poco indispuesta.
Hay un arco y varias planicies, pequeños lunares, algunas hondonadas y mucho espacio en esa desnudez. Con mi enajenada impertinencia serviré una cena en esa geografía, sin más mantel que tu exquisita piel. Pero no habrá cubiertos, mis manos y labios se deslizarán lento, mi lengua húmeda recorrerá la sal de tu cuerpo; con tu calidez y mi aliento sudarás perversidad.
Qué mejor mobiliario que tu espalda, tu curva redentora indicará los límites de mi deseo. Serás una plancha derritiendo de ansiedad bocabajo, y yo egoísta retrasaré compartir mi alimento.
Pues sí señor, me da por acumular comida, soy como esa hormiguita de la fábula que acarrea y acarrea cosas y las lleva al hormiguero. Si fuera como la cigarra a lo mejor estaría más delgada y escultural pero, pss, así soy.
Y mire que ya me dio por comprar sólo lo que voy a consumir en la semana. He tratado de comer casi todos los granos y semillas que tengo en la alacena, pero no se acaban. Es que una que cocina y hornea tanto pan, por eso mismo ya ve lo que me pasó ayer, abrí mi refrigerador y me encontré que no enfriaba, despedía un aroma bastante raro, más bien horrible. La peor pesadilla fue abrir el congelador, AAAGGGGHHH me encontré con todo deshielado: montones de mermeladas de chavacano bajas en azúcar, por eso las congelo, consomés, un poco de carne guisada, requesón de cabra, natas.
Supongo que eso nunca le pasó a la hormiga, ni refri tenía, sólo llevaba a su hormiguero hojitas para que se pudran allá adentro y luego comer el hongo que producen. Pero como yo vivo en una casa vieja en donde salen un montón de bichos raros: polillas, termitas y gorgojos, tengo que meter muchas de esas semillas al congelador porque si no se hace plaga y se echan a perder. Fue así que debajo de las semillas de linaza, girasol, amaranto, nueces y germen de trigo me encontré con mermeladas fósiles desde 2003. Claro que sí señor, al menos tengo el cuidado de escribir cuándo fue la fecha en que deposité mis conservas, pero, pss, la verdad es que a lo mejor y no lo hubiera hecho, la ética de los alimentos estorba en estos casos, sentí horrible tirar esas mermeladas y los demás productos deshielados en épocas de austeridad.
Sí señor, me acuso de que soy una despilfarradora, pero yo hice caso de la moraleja de la fábula de la hormiga: “almacenar para tiempos difíciles”, sólo que en este caso los aparatos electrodomésticos son bien falibles y las historias se vuelven casos de ficción o escenas de terror a la hora de encontrar un buen técnico para que venga a arreglar mi refrigerador. ¿Cómo señor? No lo escuché…¿qué cuál es la moraleja que obtengo de todo esto?
Así quedó ahora el congelador, desde que lo compré nunca lo había visto igual, ¡buaaaa!
Diez pesos. Así costaba un espléndido manojo de espárragos en Ensenada. Una razón más para irme a vivir allá. Si ya me están esperando que regrese, ¡qué caray!
Éste es el precio de los espárragos en un horrible supermercado de esta ciudad
Mi madre tiene un dicho despreciativo cuando me ve comer alguna de estas cosas:
quien nísperos come espárragos chupa bebe cerveza y besa una vieja ni come, ni bebe, ni chupa, ni besa.
Yo rompo todas esos consejos, a excepción de besar a un vieja.
Los nísperos en esta época están dulcísimos, (ya voy Zitácuaro), la cerveza es mi vicio, pero los espárragos su precio prohibitivo me impide comerlos.
Mi hermana me regaló un librito con recetas de cocina andaluza, todas ellas escritas en sonetos. Dejo aquí una muy original para que se den cuenta de que lo que digo es verdad y para que la hagan por si son privilegiados al conseguir espárragos a mejor precio. México es uno de los países con mayor producción de espárragos y casi toda se va al extranjero. Vivo una vida de privación deleitosa verde y luego para compensar me mandan a comer horrible brócoli. Fuchi.
Espárragos y jamón gratinados
Voy a la fruteria. Hoy escojo espárragos navarros o riojanos. ¡Sabor egregio, tallos soberanos!, ¡haz de amargo esplendor, cada manojo!
De sus partes más duras las despojo, rehúso los que no aparezcan sanos, los enjuago, los troncho con las manos, hiervo un poco y el agua desalojo.
Preparo besamel con margarina (mejor aceite suave), agrego harina, leche, nuez, salpimiento y el proceso
sigo con los espárragos mezclando jamón, verdura y salsa, luego el queso, y acabo la receta gratinando.
Cocina andaluza para recitar. Nuevos sonetos de don Pablos transcritos por José Antonio Castillo Edit. La Serranía
Quiero darte ahora una pasión para compartir. Si eres puro o impuro no importa. Quiero que lo sepas, quiero que se enteren: Voy a envolverte en un tropical aroma para recordar. Las sombras y el frió se van a ir.
Sólo nos acompañara el color naranja de los muertos. Te regalo el olor de tres rebanadas de piña cociéndose en el fuego, ese dulzor que siento que se escurre detrás de mi garganta y llena de compañía toda la casa. Mira que si me adelanto al exceso también te adorno la cabeza con una guayaba cocida. Hechas puré las dos: piña y guayaba, te caliento el aliento con un poco de jengibre, pimienta gorda y dos cebollas picadas. Tú ya estarás para entonces bien cocido saliendo del horno, la grasa de tu piel se disuelve en la dulzura de los purés. Y que no te llene el prejuicio que sólo estorba en estos casos. No me castigues con tu negativa, no adelantes falsas historias de que lo dulce y lo salado no van.
Pero…creo que hace falta algo más para acompañarte ¿Has probado tejocotes en dulce con aceitunas negras?
Son lindos los tejocotes, ¿recuerdas ese árbol leñoso y grueso donde alguna vez te rascabas el lomo cuando estabas en el corral? Sus frutos son amarillos, más bien naranjas como los que nos ocupan hoy. Tienen puntitos rojos y negros, como unos chavos güerejos con pecas y los cachetes sonrojados, ¿o serán chavas? No, porque son “los” tejocotes, si no serían “las” tejocotas y eso no es posible. Dejo las diferencias de género y lavo un kilo de tejocotes y los pongo unos siete minutos en agua hirviendo, los apago y espero sólo un poco, lo suficiente para no quemarme los dedos porque hay que pelarlos calientes, tienen mucha pectina; ese gel viscoso natural de las frutas. Los pelo y los pongo a cocer con dos tazas de agua, dos tazas de azúcar y una raja de canela. Tiene que ser a fuego lento y no me entretengas porque si no se me queman, deben reducir el líquido pero no pueden quedar duros, ni demasiado cocidos como los que venden sueltos en los mercados. Tampoco compro aceitunas negras de lata. Las compro a granel en alguna tienda libanesa. Mira que bien te van los colores. Los tejocotes por un lado, las aceitunas por otro y tú todo envuelto en puré de frutas, tienes miedo lo sé, no te animas a mezclarlos en un mismo plato. De todos modos ni te preocupes, la mayoría de los que me leen nunca hacen mis recetas, que porque las disfrazo entre tanta palabrería. Sin embargo yo te admiro, por lo bien que combinas con las frutas y por lo bien que me caes al paladar. ¿De dónde salió que eras impuro?
1. Por fin vi REC, una película española de terror. Ochenta y cinco minutos son suficientes para permanecer todo el tiempo mordiéndose las uñas y mantenerse abrazados de la pareja que te acompaña, sin soltarle la mano porque no es recomendable verla solo. Cuando terminé de verla no pude dejar de pensar en mi vecina e imaginar si sería posible que un virus como ese la atacara. Viviendo con esa cantidad de animales sería probable que algún tipo de parásito pudiera incubarse en su cuerpo. Pero como dice el dicho que Dios no cumple caprichos ni endereza jorobados, la señora vive con “cabal” salud; si dentro de la normalidad de su salud mental este bien vivir con ochenta perros y treinta gatos. Les juro que no estoy siendo exagerada, vinieron los de la Secretaría del Medio Ambiente a corroborar lo que ya sabíamos: que era una cantidad asombrosa de animales conviviendo en una casa con dimensiones mucho más chicas que donde yo habito. Pero nada le hicieron ni le harán. En este país del desgobierno, del hágale como quiera y con el pretexto que es casa habitación se puede tener un caballo, un elefante, un tigre o mantener ese hacinamiento de perros y gatos, y nadie nadie hará algo por impedirlo conforme a la ley. Necesito tener la sabiduría y la serenidad de mi madre para que ya nada me perturbe, bah, espero no llegar tan tarde para adquirirla.
2. Hoy es el cumpleaños de mi madre, y ayer se lo celebré, le hice una comida especial para festejar los 85 otoños de su vida. Una comida muy sencilla, sin nada del otro mundo porque sigue un régimen bastante estricto por su colesterol. (Sí, mucho tofu le hice y le encanta) ¿Qué es tener 85 años? Ganar con mucho esfuerzo aprender a disfrutar la vida. Ella dice ahora “ya no lloro porque se me han secado las lágrimas”. Las cosas más pequeñas han tomado otra dimensión, la capacidad de observar todo lo que es cotidiano se convertido en algo único y diferente. Tan sólo tener la disposición de ver un nuevo día y que eso se convierta en un milagro y motivo de alegría. Espero no llegar tan tarde a tener esta sabiduría.
3. Y me divido, un día con uno y otro día se lo dedico a otro, son muy diferentes los dos, los afectos también. Hoy veré a mi padre e iremos a Xochimilco a comprar golletes, de esas roscas rosa mexicano para la ofenda de muertos.
Carmen, es una observadora crítica de una de las necesidades más primarias del ser humano: comer. Esa es la historia que le interesa compartir. Dejar antecedentes de lo que se come en su país, hablar de lo que le gusta y le molesta sin deseo de aleccionar. Ella misma se define como: Paladar aventurero, mística irreverente, cocinera generosa, observadora irascible, amiga virtuosa, ecologísta por religión.